Las palabras son una estupidez.

Para qué palabras.

Para qué la gente quiere palabras. Qué ventaja tienen. No encuentro ninguna.

No fue consciente, pero me enamoré primero de los números, y luego de la música. Ninguna de las dos artes necesita palabras. Simplemente hablan de sí mismas y de lo que les rodea. De forma abstracta pero sin dar lugar a ningún error. Siempre honestas y siempre verdaderas.

Y me alegro, porque me vuelvo a las palabras y ahora todas me parecen tontas. Estúpidas. Ridículas. ¿Cómo pretendemos entendernos con este invento tan tonto y extraordinariamente complejo a su vez? Las uso con desgana y desilusión, sabiendo que quien quiere entenderme no necesita palabras, y quien no quiere, tampoco las necesita. El resultado lógico es evidente. Las palabras no sirven para nada.

¿Que de dónde viene este rencor? ¿Que qué me han hecho ellas a mí? Se apoderan constantemente de mis ideas y las comunican sólo a placer de quien las recibe. No me sirven a mí. Les sirven a los demás en un acto de falsedad. No es casualidad que cada vez la exposición a internet me genere más rechazo, si no pánico. Sé que aquellas palabras que yo publique sólo serán una traición a mi pensamiento, armas para aquel que quiera hacer daño. Dejar a mis propias palabras vagar a su libre albedrío por internet es como contratar sicarios para acabar conmigo misma, es un acto suicida y autodestructivo. Además, quien quiere saber lo que pienso raramente necesita palabras.

Sin embargo, aquí se presenta un fenómeno interesante. Me gusta leerlas y escucharlas. Me produce un inmenso placer. Y el disfrute que me generan en manos de un buen orador es, al igual que las matemáticas o la música, totalmente indescriptible por las mismas palabras. ¿Por qué? Porque quien las usa, y a la contra de lo que intuitivamente se podría pensar, se transforma en una persona vulnerable, y en ese momento de vulnerabilidad ajena puedo observar con tranquilidad ese fenómeno móvil e infinito que es la comunicación. Cómo las palabras se adhieren a mi pensar, lo sorprenden, lo escandalizan; apelan a mis sentimientos y luego a la razón, que ya se sabe que siempre va más despacio; y luego puedo volver ese mosaico a la persona que dijo esas palabras. Y comparo ambos reflejos, me pregunto por su correspondencia. Qué dijo, qué quiso decir. De dónde vienen estas ideas y cómo eran antes de ser burdamente descritas mediante palabras. Cuánto espacio a la sugestión hay en este fragmento. Qué tipo de personalidad ennudó, atrapó, enfiló, o acarició, educó y enlazó estas palabras. Están endulzadas o son agrias; hay cocción en su elaboración o son frescas como la fruta.

Y, sin darme cuenta, tonta de mí, vuelvo a confiar en las palabras. Me reconcilio, entono el mea culpa y prometo que jamás volverá a ocurrir. Que ni un desliz y malentendido más. Me sincero conmigo misma y me recuerdo que en realidad mi primer amor y compañero fue la literatura. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que viene otra traición, y otra, y otra, en una relación tóxica de la que no puedo escapar. Porque, ¿qué seríamos sin las palabras?

¿Qué sería yo sin las palabras?

Prejuicios y osos pardos

Una anotación a modo de silogismo deductivo, o algo parecido.

Si en medio de una selva forestal tencuentras a un oso pardo, probablemente te falte tiempo para pensar “va destrozarme y aderezarme alegremente con el polvo de mis huesos fracturados” y salir por patas.
Si a mí me dicen “María, tengo audición de chelo mañana, toco un concierto clásico de Boccherini, ¿me acompañas?”, probablemente le diga que sí, porque por todo músico experimentado es sabido que generalmente puedes acompañar, sin haberlo estudiado, un concierto clásico y ojear Twitter al mismo tiempo.

Todo esto son pensamientos e ideas que se generan de algo que no hemos juzgado todavía, es decir, un prejuicio. “Pre” de antes, y “juicio” de alguna palabra latina seguro, como todas en esta vida, oiga.

Los prejuicios no son malos en sí mismos. Nos ayudan a actuar y a tomar decisiones. Un prejuicio puede ser terrible cuando se petrifica en axiomas incuestionables. No debe de ser nunca más que una herramienta para vivir, para interactuar en nuestro día de forma coherente con lo que hemos experimentado que es estadísticamente más lógico y frecuente. Basar nuestros principios y proyectos de vida en prejuicios no creo que sea una buena idea.

Si sigo, bajo tu escrutante mirada, observando las palabras y su significado de forma desapasionada, cualquier minoría no es más que algo estadísticamente menos frecuente.

Yo, como parte del colectivo minoritario de gente que no ha visto los Simpsons, he sufrido múltiples veces el abochorno de responder de forma incoherente, inadecuada o improcedente a referencias de dicha serie de animación. Es cierto que no se tiene por qué saber que no conozco esa serie, ya que lo normal es prejuzgar que una amplia mayoría de los de mi generación conoce sus bromas. Pero eso no deja de ser un estorbo en mi integración social, amoavéh.

Tal vez me sentiría menos atacada si sólo en los círculos o foros de aficionados se intercambiaran esos guiños al guión. Aunque si yo recurro a mis prejuicios en mi día a día tal vez no sería justo privar a otros de los suyos. Además, prejuzgar es un acto inconsciente, es un acto reflejo, es instantáneo, ocurre en nuestro propio pensamiento. Tal vez debería tratar de mutilar todos esos pensamientos reflejos para ser mejor persona y no perturbar la integración social de ninguno. Tal vez es mejor callar. Y si no pienso nada probablemente no hiera a nadie. Es más, para qué vivir. Vivir significa generar y tener problemas. Tal vESPERA UN MOMENTO. Pero qué has hecho de un momento a otro. Qué clase de giro intensito y melodramático es este, de una línea a la siguiente. Debería darte vergüenza.

Pues yo creo que no me falta razón.

No seas perniciosa. Sabes que no todo es de esa forma, ni tan blanco ni tan negro. Además, estos debates tan serios sobre la libertad, la responsabilidad y el altruismo de cada uno no se pueden tratar así, con osos pardos. Qué poca seriedad.

¡Y qué prejuicioso!

Oda al bloc de notas del móvil.

A continuación va ustéh a leer unas líneas de prosa postmodernista.
No me hago responsable de los posibles efectos adversos.

 

¡Oh, bloc de notas del móvil!

Tú que todo lo recoges;
entre información relevante o trivial no haces distinción,
eres como la muerte pero en plan bien.
Punto.

Te transferimos los datos que no queremos olvidar,
pero al final nunca sabemos que significado pretendes guardar:
nombres, números, direcciones.
Su fin y su función ya se han perdido.
Pero daiguáh, al final nosotros nunca borramos nada
porque no vaya a ser que sea súper importante y me acuerde luego.
¡Menuda faena, ¿no?!
Así que luego ya si eso ya yo ya lo borraré.
Tranquilidad.
Amoh a calmarno.
Punto.

Y así es como la cifra de notas asciende
cuales facturas sin pagar.
Alcanzas la decena, el centenar y el millar.
Y claro, entonces nosotros nos preguntamos
que cómo mierdas vamos a borrar ya tanta cosa.
Que ya es tarde y no hay vuelta atrás.
Hasta que finalmente
cambiamos de móvil sin guardar los datos del bloc.
Y nos damos cuenta
de que enverdáh tampoco los echamos en falta.

Pero apuntamos esto, porque no vaya a ser…

“I like your voice!”

“Don’t be afraid of your voice! Your voice is nice. Go! I like your voice!”

Para mí siempre fue muy duro tocar junto a mis compañeros en audiciones, porque las comparaciones inevitablemente minaban mi autoestima. Siempre procuraba aislarme tanto como fuera posible, e incluso deseaba que el anterior hubiera metido la pata para que hiciera lo que hiciera yo después no quedara demasiado mal.

Todos los músicos de mi generación hemos crecido escuchando discos de música grabados en estudio, asistiendo a competiciones,… y a la mayoría se nos ha enseñado a imitar y a obedecer indicaciones. Como parte de un proceso de aprendizaje es natural; lo inquietante viene cuando pasan los años y no llega ningún tipo de madurez musical que nos haga romper con esta dinámica. Seguimos sometiéndonos a horas y horas de estudio con el único fin de calcar o imitar parámetros de interpretaciones ajenas. Encontrar un sonido propio parece que ha dejado de ser relevante es pos de un sonido aséptico, de hacer música que en nada tenga que ver con nosotros mismos. Es muy pesada la inercia que nos empuja a los músicos a crear falsificaciones, en vez trabajar la expresión de las emociones. No entendemos la música como un arte generoso, honesto y expresivo; si no como una exposición distante de elementos sonoros ajenos a nosotros.

Hace ya un tiempo desde que me propuse aceptarme tal y como soy, y aunque no siempre lo consiga me siento infinitamente más libre y más feliz. Busco reconocer mi propio sonido, mi propia manera de expresar las cosas, y me maravillo porque en nada se parece a tantas otras cosas que haya podido escuchar antes. No es mejor, ni peor. Es diferente. Y me encanta ser diferente. Cuando el autoconocimiento pasa a ser mi prioridad puedo disfrutar de las interpretaciones de mis compañeros, porque he entendido que los nuestros son caminos distintos y no hay necesidad de demostrar nada. Puedo salir a tocar en público realmente ilusionada por tratar de dejar en alguno de los oyentes una pequeña parte de mi manera de percibir el mundo. Puedo entusiasmarme todos los días durante el estudio, buscando y buscando matices con los que expresar aquellas ideas que pienso.

Recuerdo que la primera vez que vi esta escena (de un documental que como curiosidad está bien, pero que tampoco recomiendo mucho) me pareció del todo insustancial. Años después, en un momento de pánico escénico, la voz de Maria João Pires volvió a mi cerebro antes de subir al escenario:

“Don’t be afraid of your voice! I like your voice!”

Desde entonces, he dejado de tener miedo.

La música, ¿una cantidad?

Nadie lo duda: formar parte del tribunal de un concurso o un examen es extraordinariamente difícil, más aún cuando el nivel de los que se presentan es aparentemente paralelo. Formar parte de un tribunal debería poner en tela de juicio los principios de cada uno hacia la interpretación, para desde ellos poder evaluar y defender quiénes han sido desde su punto de vista los intérpretes más acertados. Sin embargo, hemos huido por la puerta de atrás y hemos contagiado el afán cuantitativo que lo domina todo al propio arte. De esta manera, los parámetros objetivamente evaluables pasan a ser los números que concretan una interpretación: ¿Cuántos puntos de metrónomo? ¿Cuántas notas falsas? Etc.

Christoph Waltz: “Últimamente estoy observando que cada vez más el mundo en el que vivimos está definido casi exclusivamente por las cantidades, porque es algo que todos podemos entender. No es necesario saber nada de música ni sobre de piano, si veo que el intérprete lo hace realmente rápido debe de ser fantástico. El virtuosismo es más fácil de cuantificar que la verdadera profundización en el texto.”

En este punto podréis estar pensando que estoy intentando excusar la mediocridad, o que estoy infravalorando a los buenos ejecutantes. ¡Nada más lejos de la realidad! Simplemente me gusta llamar a las cosas por su nombre, y evitar que las palabras pierdan su significado, y con ello, todo su contenido. Para así poder diferenciar cada cosa por lo que es, y no enmarcarlo todo perezosamente bajo el rótulo de buena interpretación o virtuosismo. Por ejemplo, en este vídeo Barenboim apunta con gran certeza que se suele confundir el virtuosismo con una exhibición de destreza, que en nada tiene que ver con el contenido de la obra, y por ende, con la interpretación.

Personalmente, no creo que el arte pueda ser una realidad cuantitativa. Y si por ello se me quiere llamar peor músico llevaré ese nombre en un cartelito pegado a la frente, ¡y me dará absolutamente igual!

 

Músicos con Alzheimer

Muy pesada estoy siendo estos años con este tema, y muchas personas dejarán de escucharme por cabezota, pero es un sinsentido tan terrible que no puedo callarme. Aquel músico que deja que otros piensen por él se está rebajando a ser simple y llanamente un ejecutante. Y para leer un manual de instrucciones pocos lo hacen mejor que una computadora. ¡Pensar sobre música no es de frikis! Absténgase de leerme personas irascibles.

Estamos cada vez más cómodamente acostumbrados a los sensacionalismos y a la inmediatez: compartimos eslóganes como axiomas indiscutibles, aplaudimos un par de palabras ingeniosas como resumen de un largo discurso, reducimos al absurdo colosales teorías, y así sigue un largo e inquietante etcétera que ya a muchos se nos ha dado por denunciar. Hoy vengo a decir que esta fiebre por la eficacia y lo instantáneo se ha contagiado también a la música, y a la formación que estamos recibiendo: los músicos de grado superior hemos perdido la memoria de escuchar.

Para poder explicarme con claridad –si es que a alguien le interesa lo que una mindundi como yo pueda decir, claro está- voy a exponer en primer lugar por qué considero que es indispensable en un músico la memoria musical y en segundo lugar la intrínseca relación que tiene esto con la crisis humanista que estamos viviendo. Y todo desde la humildad, la honestidad y la sincera preocupación que tanto me lleva a pecar de cabezota e insistente.

~La memoria musical~

La música es un arte que no puede emanciparse del tiempo en que transcurre, necesita de un momento y un espacio temporal para sonar; básicamente, nadie puede escuchar una canción en un segundo con tan sólo un vistazo. De esto puede deducirse que el discurso musical en su transcurso consta de un pasado, un presente y un futuro en constante desarrollo y evolución. Y en consecuencia, lo último que un intérprete debe dejar de hacer es escucharse a sí mismo y saber qué es lo que deja atrás, porque si no, habrá perdido la capacidad de mantener una coherencia en el discurso y de sorprender al público que lo escucha. No cuentes el mismo chiste en todas las cenas familiares, ¡porque salvo los niños, todos los comensales podrán querer matarte! Sin embargo, lo que para mí es peculiarmente dramático no es que un intérprete no sea capaz en algún momento concreto de reinventarse gracias a la imaginación, si no que incluso los propios músicos como oyentes hemos perdido la capacidad de escuchar en el tiempo, olvidando todo aquello que transcurre como si fuera contenido vacío. Así, luego nos toca estar preguntando durante toda la tercera temporada que de dónde salen tantos personajes…

Desde esta perspectiva, sólo es necesaria una escucha atenta y concentrada para detectar cuándo una interpretación no se está desarrollando bajo una escucha activa, si no que está programada desde la a a la z con antelación. Porque, si bien la primera vez algo puede parecer sorprendente, fresco e ingenioso, no son pocas las veces en que el intérprete reproduce exactamente el mismo juego de flexiones posteriormente, o cae en alguna contradicción musical. El intérprete no está viviendo el presente en el momento, si no que está siguiendo paso a paso las instrucciones que él (u otros terceros) a sí mismo se ha impuesto. Y repito, lo que a mí particularmente me inquieta de todo esto no es que a un intérprete le pase, si no que los propios músicos profesionales no sepamos detectar cuándo una interpretación es de alta gama o es un mero producto barato. Es como si fuéramos un público con Alzheimer. No es una música que viva su presente, si no una música que olvida su pasado y se angustia por el futuro. Un músico no puede no tener memoria.

~Crisis humanista, ¿dónde?~

¿En términos prácticos todo esto en qué se traduce? ¿Por qué me preocupa demasiado? Porque aquí es desde donde empezamos a premiar la eficacia antes que la creatividad, en una disciplina que se supone que es artística. A la salida de un concierto podrás encontrarte a personas comentando con emoción una escala, un gesto musical, un súbito pianissimo; con suerte una frase concreta,… Pero nadie estará allí para preocuparse por si había una coherencia general, si realmente había una intención mayor que la de proporcionar pequeños momentos de placer, si había quedado expuesta la relación entre los personajes de los diversos capítulos, o si simplemente habían sido una serie de secuelas una detrás de otra arbitrariamente colocadas. En estos casos, personalmente imagino que si los compositores hubieran querido reflejar cosas tan concretas habrían compuesto selecciones de pequeñas escenas, no obras de treinta minutos de duración. Aquello que dura y vive en el tiempo no puede olvidar su pasado, pues estará condenado a no evolucionar y a estancar el mensaje y el discurso. Un músico no puede no tener memoria.

La imagen en la música existe. Para vender algo hay que hacer una buena campaña y dar buena imagen. Esto se consigue mediante la brillantez técnica. En nuestra formación se nos enseña a repetir patrones, pues eso es lo único que se escucha a tiempo real: un patrón es un modelo que se repite insaciablemente, pero como absolutamente nadie recuerda qué fue lo que paso anteriormente el patrón que se repite pasa a ser siempre algo novedoso. Somos músicos con alzheimer.

Y en unos años, cuando mediante la tecnología se puedan programar toda esa clase de gestos y flexiones supuestamente improvisadas y frescas nuestra carrera de interpretación habrá perdido todo el sentido. Más aún si estas computadoras adquieren también la habilidad de improvisar en base a x patrones. Lo único que nos podrá diferenciar de ellas en ese hipotético futuro será nuestra espontaneidad, creatividad e imaginación a la hora de reaccionar a la escucha activa de lo que ya ha sucedido, sucede en tiempo real y está por suceder; todo ello posibilitado por una destreza técnica al servicio de la interpretación improvisada.

Sistematizaciones del día a día – I

Voy a desarrollar un teorema cuyo título ya pensaré que tratará las distintas fases del proceso sensitivo receptor a la hora de acomodarte en un césped.

Primero, eres incapaz de percibir nada más allá del tacto y color de lo herbáceo, por más que te empeñes en buscar imperfecciones.
Después, una vez te has sentado, comienzas a apreciar aquellos factores adversos que te hubiera gustado haber detectado antes, ya sea materia orgánica o inorgánica, generalmente mierda.
Finalmente, la vida. La vista comienza a detectar sistemáticamente todos los micromovimientos que hacen ahora del cuadro una ilusión óptica de contornos danzantes.

Estos apartados han sido elaborados gracias al método científico y a pruebas tomadas y vividas en céspedes españoles y alemanes. Procuraré adjuntar un anexo algún día del infinito.

Conjeturas poéticas III

Al final de la barra de un bar se aquejaba un anciano, jarra en mano:
-Lamentable es la raza humana. Ya van tres revoluciones y no conseguimos nada, sólo caemos con torpeza donde todo se iniciaba.

Tras meditar un momento, asentí y dije al tiempo:
-Son las leyes naturales;

una revolución, por definición, no es más que un movimiento. Un simple recorrido que se deforma al avanzar, hasta finalmente acabar en su punto de partida.

El tiempo a la deriva

Un barco sin estrella polar navegaba en medio del océano.
El navegante consultó su brújula, pero ésta había perdido el norte y no sabía adónde mirar.

Preocupado y atemorizado, comenzó a sumergirse en meditaciones para tratar de definir una ruta. Alrededor de los mapas danzaba mirando al suelo, manos tras la espalda y fruncido el ceño; alguien le dijo alguna vez que así se piensa mejor.
Cada vez más devastado se sentó con abatimiento, y paralizado todo él, vio salir a través de sus ojos sus sueños en forma de miel.

Por ir a un paraje exótico navegaría sin temor, pero veía entonces brillar a lo lejos los edificios londinenses y extrañaba el bullicioso reír de un elegante bar ocioso. Era el “chin-chin” de las copas el que lo crispaba al saber que si a eso accedía jamás nunca gustaría de una travesía pirata y la libertad de su oleaje. Pero más si cabe su dolor se acrecentaba cuando en sueños visualizaba la paleta del follaje y la fauna arco-iris que en vida perdería si, parche en un ojo, navegaba mar adentro.

Así, muy poco a poco, entre ronquido y suspiro iba saltando de fantasía en fantasía, desgarrándose cada vez más y manchando de sangre y voluntad cohibida los más utópicos lugares de su ensoñación. Y es que tenía miedo del tiempo que no tenía, de las sensaciones que no saborearía, de las vidas que no respiraría. Estaba ante un banquete que le sería apartado en cuanto su estómago hubiere saciado; por no errar en su decisión nada tocó, ni probó, ni gustó.

La sombra se hizo mayor, las aguas pudrieron los maderos, las velas el viento desgastó;
y entre lágrimas de desconsuelo fue engullido y en el limbo de la anhedonia fue sepultado.

 

Existir aquí y ahora significa perder la posibilidad de ser otras innumerables personalidades potenciales” – Hayao Miyazaki

El vals azul.

Se acercaba una tormenta. Una tormenta cargada de ira y de ganas de llevarse por delante cuantos maderos pudiera. Pero nadie lo sabía, y en el puerto los marineros comenzaban a desperezarse para proseguir con su misma rutina. El sol salió instantes después y brilló como nunca aquel día, siendo sus rayos crueles mensajeros que mentían a los habitantes, ocultando lo que estaba por suceder. El mar se hallaba sumido todavía en un oneroso sueño, y no pudo hacer más que observar impotente cómo su aparente calma animaba a los marinos a adentrarse en las aguas, firmando así su sentencia. En el horizonte los montes aguardaban con indiferencia a poder presenciar la debacle, mientras a sus espaldas germinaban y se congregaban las volátiles asaltantes del cielo.

Los caulículos de la tormenta iban expandiéndose de forma apenas perceptible, danzando al compás de la obra que Inés llevaba componiendo desde la madrugada. Había conseguido transcribir la melodía que había resonado en su cabeza durante el día anterior; ésta era de un tono azulado brillante, como el del topacio, e iba moviéndose con parsimonia a través de un acompañamiento, que con prolijos ataques placados similares al oscuro Lapislázuli, iba acariciando el llanto de la melodía. Inés ponía toda su concentración al servicio del perfilado y sombreado de las partes de su composición, cuidando que no hubiera lugar a errores y los planos sonoros pudieran apreciarse con claridad. Conforme se desenvolvía la música, modulaba a otras tonalidades, proporcionándole a la melodía una mayor diversidad de tonos por los que fluctuar, claros y oscuros, aunque todos ellos terriblemente fríos. Finalmente, la melodía languideció hasta transformarse en un lastimero sollozo que tardó en desvanecerse unos instantes. Había terminado.

Inés se reclinó en el respaldo agotada y cerró los ojos para descansar la vista. Suspiró. Componer durante tantas horas seguidas requería mucho esfuerzo. Varios mechones de su flequillo tiznado se habían adherido a su pálida frente por un sudor frío, y lo que a priori fue un moño improvisado ahora no era más que un revoltijo desordenado de pelos a punto de liberarse de la goma. En resumen, estaba hecha un pequeño desastre.

Se frotó los ojos y alzó la vista preparada para contemplar lo que había concluido, con cierto deje de nervios por si el resultado no era el que ella había esperado. Observó el lienzo con todas sus pequeñas y minuciosas trazas, el rastro del lento y delicado vals de su pincel. E instantáneamente la música empezó a sonar. La delicada aparición de las cuerdas salpicada con alguna intervención del arpa, luego los vientos… Cada curva o giro incongruente que el azul topacio había dado, adquiría sentido cuando se correspondía con una modulación inesperada, o una simple floritura. Inés fue escrutando cada detalle del cuadro embelesada por el danzante movimiento de su melancólico vals, que colmaba todos los rincones de su mente. Cuando la estela de la melodía cesó y el acompañamiento se suavizó hasta desaparecer, su pequeña obra de arte se apagó. El silencio volvió a colarse en la habitación. Un silencio que en realidad siempre había estado allí, pero que sólo en la mente de Inés había sido interrumpido por el inicio de la pequeña pieza.

Con una sonrisa cansada, Inés se levantó y salió de la estancia. Recorrió escasos pasillos hacia la salida, con la intención de caminar por la playa y despejarse. La gran mayoría de los muebles eran blancos, al igual que los azulejos, las paredes, el techo… Todo. Y además estaban impecablemente limpios. No es que Inés tuviera una personalidad especialmente pulcra, si no que cada mácula, por pequeña que fuera, sonaba. Y cada color, dependiendo de su intensidad, trompeteaba con bravura o susurraba con sutileza. El blanco, al ser el origen de todos los colores tenía el don de silenciarlos. No había tapones que frenaran aquel incesante bajo continuo, ya que sólo se oía en la mente sinestésica de Inés.

Su infancia había sido marcada por no pocas anécdotas curiosas y encantadoras, aunque también la soledad y la incomprensión habían sido de sus más fieles compańeras. A su madre siempre le había gustado recordar aquella vez en que le regaló por su cumpleaños un juego de bloques de colores que tenían números y letras escritos, el típico juego de construcciones. Inés después de haber jugado un rato con su nuevo juguete lo había abandonado en un rincón visiblemente irritada. Cuando sus padres le preguntaron por el motivo de aquel berrinche ella respondía: “¡Es que está mal hecho! La A es de color rojo, no verde; la S es gris, no morada; ¡y el bloque amarillo chillón no deja de hacer ruido!”

Además de aquellas facultades que la genética le había regalado, demostró tener dotes para la memorización y una mente analítica muy eficaz, las cuales consiguieron que se ganara el rechazo de la mayoría de los estudiantes al pasar varias veces a cursos superiores. Inés siempre había preferido estar sola o con un par de amigos íntimos, ya que de otro modo el agobio le impedía disfrutar de la compañía. Todavía recordaba la última vez que se había aventurado a asistir a una fiesta que se celebraba en una discoteca no muy grande. Cuando no habían pasado ni 10 minutos tuvo que irse de allí inmediatamente sin tener la oportunidad de explicarse. La música retumbaba en las paredes y se mezclaba con el frenético bailoteo de colores chillones que seguían el monótono ritmo atronador. Que el local estuviera abarrotado sólo agravaba la situación, incluso pudo degustar una fuerte acidez mientras se escabullía de allí al borde del ataque de ansiedad.

Inés muchas veces habría vendido aquellos síntomas sinestésicos por un oído mal entrenado, o por una vista menos exigente; aunque tras la escucha de una obra clásica o la contemplación de alguna buena exposición de cuadros o esculturas, disfrutaba tanto que se arrepentía de haber llegado siquiera a pensar en ello.
En cualquier caso, ya fuera un valioso don o un pesado fardo sobre los hombros, transformaba los sentidos de Inés en los receptores sensoriales más sensibles que se habían visto nunca, y ellos eran los únicos capaces de detectar la futura presencia de la muerte sobre el océano a tiempo para remediar el desastre. Pero nadie lo sabía, e Inés paseaba disfrutando del arrullo del oleaje, del colorido canto de las gaviotas, y del dulce contacto con la arena de la orilla.

 

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