Una amenaza

En un día de niebla como este todo parece no tener fin. El mar se extiende más allá del horizonte y las luces de los faros penden de hilos espectrales, vigilando el vago movimiento de las pequeñas embarcaciones que no han sido engullidas por la niebla. De entre todos los elementos destaca una silueta imprecisa que a lo lejos se aproxima recorriendo el paseo marítimo. Poco a poco el contorno se define y la situación se declara.

Cual intrépido equilibrista, un infante avanza con pequeños y torpes pasos sobre un muro que separa las aguas turbias con la terquedad de la roca. Mira a sus pies con concentración y tararea sonidos rítmicos al tiempo que el resonar de sus pisaditas se pierde en la niebla. Con cada mano sujeta los índices de su acompañante, que con ternura y paciencia le anima a continuar aquella aventura.

La marcha infantil se ha detenido después de un rato, y el niño permanece de pie con mirada inquisidora al horizonte. De entre lo poco que puede apreciar, llama su atención un lucero marchito y naranja. Parece un huevo. Un enorme huevo cubierto de escamas relucientes a pesar la turbiedad del cielo. Algún día eclosionaría, ¿y qué saldría de él?

Escondites

Miro tras la ventana con terca obstinación. En silencio y rígida concentración. De repente, un estruendoso y espectral aviso por megafonía disipa toda la intensidad de mi pensamiento. Un fallo en los altavoces hace que difícilmente se distinga el nombre de la estación a la que el tren está por llegar. Las palabras naufragan en un abusivo mar de ruido blanco que hace que todos los asépticos pasajeros nos removamos a disgusto en los sillones. Este gesto destella como un fugaz instante de sentimiento colectivo, porque el resto del trayecto cada uno ha andado ensimismado con lo suyo. Se cuenta, a veces con amargura, que antes se hablaba con desconocidos en los vagones. Yo recuerdo así los trenes desde que los uso, pulcros y silenciosos. Y aunque alguna vez he conocido a personas dispares y maravillosas en mis viajes, me confieso culpable de disfrutar de esta atmósfera aséptica, casi como la cautelosa y desinfectante de un hospital. No sé si es algo sano; hace ya años desde que asumí que nos ha tocado vivir una sobredosis tecnológica y solipsista. Tal vez para vacunarnos para años que vienen. Tal vez para cambiar nuestro estilo de vida para siempre.

En esta nueva distopía, aprovecho el extraño aislamiento social del vagón para mirar por la ventana, tal y como estaba haciendo absorta hace un momento, hasta la interrupción de la megafonía. La velocidad a la que las colinas ondean invitan a mi pensamiento a correr y volar mientras mi cuerpo reposa. Así, suelo enredarme una y otra vez en rudas redes de pensamientos que una vez sí, y la otra también, me amordazan y oprimen, al tratar de encontrarles una solución o porvenir. Deambulo atontada por callejones sin salida diseñados por mis contradicciones. Pero sigo y sigo envalentonada bajo la vigilante mirada del sol, que me ve pasar a toda velocidad a través de los valles.
Son frecuentemente horas de batalla. De depresión y angustia, o satisfacción y compensación. Es una guerra que no acaba, en la que no cabe la tregua, y a la que me veo interpelada en mis viajes de tren.

Hay veces, sin embargo, que no quiero. Que empiezo a desnudar esas ásperas cuerdas y me atasco. La obstinación me hace daño, me hace sangrar al manipular esos nudos de forma cabezota y tal vez según procedimientos equivocados. Quiero abandonar el asalto pero la fuerza con la que se me llama a las filas es irrevocable. Es entonces cuando construyo mis substerfugios mentales. Es entonces cuando huyo.

Hace un momento estaba plenamente concentrada en la imagen de la ventana, con el fin de invertir el movimiento: es mi vagón el que está quieto, y son las colinas de los valles las que como un fluido espeso se mueven, haciendo zarandear el tren. Las carreteras, los árboles, los edificios, las alambradas. Todo se ve arrastrado por esta corriente inexplicable que empuja las colinas. Y yo, desde esta posición siempre fija, contemplo este fenómeno antinatural tan hechizante. Lo hago real. Lo siento de forma verdadera. ¡Las colinas nos arrollan!

Para poder descubrir este fenómeno suelen ser necesarios largos minutos para reinterpretar lo que se ve; tomar distancia, desenmascarar el engaño de los sentidos. A veces, tomar un poco más de distancia con respecto a la ventana y fijar la vista en el horizonte. Las vías pueden ser una peligrosa distracción en el proceso. Poco a poco, sientes la estabilidad de tu posición. La quietud del vagón. Una parte de ti se queja: “Oye, ¡que así no vamos a llegar nunca! ¡Deja de hacer tonterías y haz que esto vuelva a moverse!” Pero hago caso omiso y contemplo cómo la corteza se traslada frente a mis ojos.

De esta manera rehuyo la batalla del pensar. A veces durante una hora. Quiero dejar de pensar.

No es mi único subterfugio. Tengo decenas. Soy algo cobarde y colecciono escondites. De los que más disfruto pertenecen a la misma especie, la de la dislocación o relación entre movimientos.

Ir por las calles y sincronizar a tiempo real la posición de todos los vehículos que circulan en la carretera y sus relaciones geométricas. Cómo unos giran la rotonda mientras otros vienen, van, esperan, se desvían, aceleran. También trasladarme a una ciudad con puerto. Oir las gaviotas y saber que un par de calles más allá se mece el mar, al que en ocasiones también puedo oír. O trasladar la ciudad a una cordillera montañosa y sentir la presión de la altitud, la densidad del aire. E incluso vislumbrar algunos picos.

Otro subterfugio, escribir. Comenzar y dejar que una palabra tras otra describa el mismo momento en que escribo, como una derivada que se prolonga al infinito. Escribir cosas pasadas, cosas ficticias, sin que las palabras ofrezcan ninguna resistencia. Palabras ofrecidas por el paisaje cambiante que veo tras la ventana.

Experimentación sonora y música

No hace falta que describa los prejuicios que todos tenemos hacia la música contemporánea: gente chillando, sonidos raros, historias grotescas, gente snob, y la eterna sensación de que tú allí no eres bien recibido ni pintas nada. Todo ello pervertido a su vez por la inversión de capital, ese gran lobo del arte. La pregunta es, ¿por qué se han generado estos prejuicios en los oyentes?

Voy al grano. Mi idea obsesiva está sustentada por los términos “música” y “experimentación sonora”; y para exponer sus acepciones pondré un ejemplo sencillo, improvisado e ilustrador: En el mundo de la medicina existen muchísimos científicos que dedican años a la investigación super especializada en diversos campos. Estas investigaciones a veces conducen a conclusiones o axiomas que permiten una experimentación empírica para comprobar la validez del enunciado. Y posteriormente, eso se puede trasladar a la creación de una nueva vacuna, tipo de operación, etc. Sólo el público del ámbito científico profundiza en las investigaciones técnicas previas, el resto del universo simplemente acude a medicinas o cirujanos buscando una cura. Al público le llega la vacuna, y no el proceso de experimentación.

Pues bien, a veces me pregunto con recelo hasta qué punto estamos abriendo las puertas de nuestros laboratorios técnicos de experimentación sonora a las personas que simplemente acuden al arte en busca de una cura. Temo que le estemos dando a nuestros pacientes una proveta y un microscopio con tesis de teoría implícitas en vez de un jarabe para la tos. La música puede haber sido precedida de experimentación sonora, pero eso no debería transformar a la propia experimentación en un fin en sí mismo, mostrable y expuesto sólo a los que manejan un lenguaje técnico.

Tal vez la buena técnica la haga entonces música. Pero entonces es una música no apta para todos. Y supongo que no pasa nada.

Confesando recapitulaciones:

Lo mío siempre fueron la literatura y las matemáticas. El piano no era más que un ejercicio de disciplina. Modestamente, no me avergüenza confesar que en aquel entonces lo único por lo que me gustaba tocar el piano era por la admiración que podía despertar en el resto. Estudiar piano no se trataba para mí de nada más que un ejercicio de coordinación muscular. Escuchar música me gustaba, pero tocarla significaba dejar de oírse a sí mismo y confiar en la opinión sincera del que hubiera escuchado. El balance realista de un músico profesional estimaba que sería de unas 400 horas de práctica para 1 o 2 de disfrute o satisfacción. Nunca entendí cómo a alguien le podría gustar dedicarse a eso toda su vida.

Lo mío era la literatura. Varios libros al día. Cuando los terminaba, los releía hasta que me compraran más. A cualquier hora del día, de cualquier género, durante tantas horas como fuera posible. Parando para comer y para dormir. El colmo fue que mis profes de lengua y literatura se cabrearan conmigo por leer durante sus propias clases. Los que me conozcan de hace tiempo lo recordarán bien, yo vivía imaginando cosas irreales. Lo que ocurría a mi alrededor era tan distante… Comúnmente hablando, yo era una chica empanadísima muy particular.

Lo mío eran las matemáticas. Me parecía entretenidísimo adquirir herramientas nuevas para luego poder emplearlas como yo quisiera. Eran un ejercicio de ingenio creativo. Primero las sumas, las divisiones, las derivadas, las integrales, las matrices,… Y cada aplicación que me enseñaban era algo nuevo con lo que jugar; el álgebra, la geometría,… Al final, te daban un problema y tú eras libre de emplear esas herramientas para resolverlo como quisieras.

Tocar el piano nunca me gustó. Y ni siquiera tuve claro que se me diera bien, porque solía equivocarme mucho y con torpeza. Era impaciente y sólo quería aprender las cosas rápido y como fueran. A la que más le gustaba que tocara el piano era a mi madre, que tampoco entendía que mi media horaria de estudio fuera 30 minutos a la semana, que no me quedara abstraída en lo que hacía, que no me exigiera más a mí misma. Me habían enseñado cuándo y cómo mover los dedos, porque la labor de escuchar era exclusiva del oyente. Me decían que mi punto fuerte era el timing: las respiraciones, los finales, las interrupciones, los calderones,… La agógica en general. Y viéndolo con perspectiva, no me parece un disparate (aunque suene a chiste) que fuera mismamente porque era el único momento en que no estaba tocando y podía pararme a escuchar. Durante una frase musical, cualquiera podría saber mejor que yo qué era lo que estaba sonando. Me encantaba cantar; cantar segundas voces, cantar en canon, cantar con la guitarra, cantar en silencio. Para cantar es necesario escuchar lo que suena, porque si no la afinación no es posible. ¡Y afinar me producía una sensación maravillosa! Pero claro, en el piano afinar es un sinsentido, todos lo sabemos. Sólo hay que accionar un mecanismo.

Si alguien me hubiera dicho que tocar el piano reunía en verdad lo más bonito de todas estas cosas, no le hubiera creído. Sin embargo, por insistencia maternal ahí llegué yo, al superior de Salamanca, sin saber qué esperar muy bien de la vida. Mis primeros años con Patrín, mi profesora, fueron un enorme descubrimiento.

  • El relato está incompleto. Se siguen estos apuntes:

Cuando ella me pidió que afinara con precisión me di cuenta de que el sonido también se afina con el balance y con el tipo de ataque. Y para regular aquello era necesario escuchar la realidad sonora. Si no, acertar es como lanzar una moneda al aire.

Còmo diría ella, muchas veces viene bien hacer el ejercicio inverso. Describir con tanta precisión aquello que oyes hasta que llegues al punto en que las palabras dejen de ser suficientes.

Las palabras son una estupidez.

Para qué palabras.

Para qué la gente quiere palabras. Qué ventaja tienen. No encuentro ninguna.

No fue consciente, pero me enamoré primero de los números, y luego de la música. Ninguna de las dos artes necesita palabras. Simplemente hablan de sí mismas y de lo que les rodea. De forma abstracta pero sin dar lugar a ningún error. Siempre honestas y siempre verdaderas.

Y me alegro, porque me vuelvo a las palabras y ahora todas me parecen tontas. Estúpidas. Ridículas. ¿Cómo pretendemos entendernos con este invento tan tonto y extraordinariamente complejo a su vez? Las uso con desgana y desilusión, sabiendo que quien quiere entenderme no necesita palabras, y quien no quiere, tampoco las necesita. El resultado lógico es evidente. Las palabras no sirven para nada.

¿Que de dónde viene este rencor? ¿Que qué me han hecho ellas a mí? Se apoderan constantemente de mis ideas y las comunican sólo a placer de quien las recibe. No me sirven a mí. Les sirven a los demás en un acto de falsedad. No es casualidad que cada vez la exposición a internet me genere más rechazo, si no pánico. Sé que aquellas palabras que yo publique sólo serán una traición a mi pensamiento, armas para aquel que quiera hacer daño. Dejar a mis propias palabras vagar a su libre albedrío por internet es como contratar sicarios para acabar conmigo misma, es un acto suicida y autodestructivo. Además, quien quiere saber lo que pienso raramente necesita palabras.

Sin embargo, aquí se presenta un fenómeno interesante. Me gusta leerlas y escucharlas. Me produce un inmenso placer. Y el disfrute que me generan en manos de un buen orador es, al igual que las matemáticas o la música, totalmente indescriptible por las mismas palabras. ¿Por qué? Porque quien las usa, y a la contra de lo que intuitivamente se podría pensar, se transforma en una persona vulnerable, y en ese momento de vulnerabilidad ajena puedo observar con tranquilidad ese fenómeno móvil e infinito que es la comunicación. Cómo las palabras se adhieren a mi pensar, lo sorprenden, lo escandalizan; apelan a mis sentimientos y luego a la razón, que ya se sabe que siempre va más despacio; y luego puedo volver ese mosaico a la persona que dijo esas palabras. Y comparo ambos reflejos, me pregunto por su correspondencia. Qué dijo, qué quiso decir. De dónde vienen estas ideas y cómo eran antes de ser burdamente descritas mediante palabras. Cuánto espacio a la sugestión hay en este fragmento. Qué tipo de personalidad ennudó, atrapó, enfiló, o acarició, educó y enlazó estas palabras. Están endulzadas o son agrias; hay cocción en su elaboración o son frescas como la fruta.

Y, sin darme cuenta, tonta de mí, vuelvo a confiar en las palabras. Me reconcilio, entono el mea culpa y prometo que jamás volverá a ocurrir. Que ni un desliz y malentendido más. Me sincero conmigo misma y me recuerdo que en realidad mi primer amor y compañero fue la literatura. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que viene otra traición, y otra, y otra, en una relación tóxica de la que no puedo escapar. Porque, ¿qué seríamos sin las palabras?

¿Qué sería yo sin las palabras?

Prejuicios y osos pardos

Una anotación a modo de silogismo deductivo, o algo parecido.

Si en medio de una selva forestal tencuentras a un oso pardo, probablemente te falte tiempo para pensar “va destrozarme y aderezarme alegremente con el polvo de mis huesos fracturados” y salir por patas.
Si a mí me dicen “María, tengo audición de chelo mañana, toco un concierto clásico de Boccherini, ¿me acompañas?”, probablemente le diga que sí, porque por todo músico experimentado es sabido que generalmente puedes acompañar, sin haberlo estudiado, un concierto clásico y ojear Twitter al mismo tiempo.

Todo esto son pensamientos e ideas que se generan de algo que no hemos juzgado todavía, es decir, un prejuicio. “Pre” de antes, y “juicio” de alguna palabra latina seguro, como todas en esta vida, oiga.

Los prejuicios no son malos en sí mismos. Nos ayudan a actuar y a tomar decisiones. Un prejuicio puede ser terrible cuando se petrifica en axiomas incuestionables. No debe de ser nunca más que una herramienta para vivir, para interactuar en nuestro día de forma coherente con lo que hemos experimentado que es estadísticamente más lógico y frecuente. Basar nuestros principios y proyectos de vida en prejuicios no creo que sea una buena idea.

Si sigo, bajo tu escrutante mirada, observando las palabras y su significado de forma desapasionada, cualquier minoría no es más que algo estadísticamente menos frecuente.

Yo, como parte del colectivo minoritario de gente que no ha visto los Simpsons, he sufrido múltiples veces el abochorno de responder de forma incoherente, inadecuada o improcedente a referencias de dicha serie de animación. Es cierto que no se tiene por qué saber que no conozco esa serie, ya que lo normal es prejuzgar que una amplia mayoría de los de mi generación conoce sus bromas. Pero eso no deja de ser un estorbo en mi integración social, amoavéh.

Tal vez me sentiría menos atacada si sólo en los círculos o foros de aficionados se intercambiaran esos guiños al guión. Aunque si yo recurro a mis prejuicios en mi día a día tal vez no sería justo privar a otros de los suyos. Además, prejuzgar es un acto inconsciente, es un acto reflejo, es instantáneo, ocurre en nuestro propio pensamiento. Tal vez debería tratar de mutilar todos esos pensamientos reflejos para ser mejor persona y no perturbar la integración social de ninguno. Tal vez es mejor callar. Y si no pienso nada probablemente no hiera a nadie. Es más, para qué vivir. Vivir significa generar y tener problemas. Tal vESPERA UN MOMENTO. Pero qué has hecho de un momento a otro. Qué clase de giro intensito y melodramático es este, de una línea a la siguiente. Debería darte vergüenza.

Pues yo creo que no me falta razón.

No seas perniciosa. Sabes que no todo es de esa forma, ni tan blanco ni tan negro. Además, estos debates tan serios sobre la libertad, la responsabilidad y el altruismo de cada uno no se pueden tratar así, con osos pardos. Qué poca seriedad.

¡Y qué prejuicioso!

Oda al bloc de notas del móvil.

A continuación va ustéh a leer unas líneas de prosa postmodernista.
No me hago responsable de los posibles efectos adversos.

 

¡Oh, bloc de notas del móvil!

Tú que todo lo recoges;
entre información relevante o trivial no haces distinción,
eres como la muerte pero en plan bien.
Punto.

Te transferimos los datos que no queremos olvidar,
pero al final nunca sabemos que significado pretendes guardar:
nombres, números, direcciones.
Su fin y su función ya se han perdido.
Pero daiguáh, al final nosotros nunca borramos nada
porque no vaya a ser que sea súper importante y me acuerde luego.
¡Menuda faena, ¿no?!
Así que luego ya si eso ya yo ya lo borraré.
Tranquilidad.
Amoh a calmarno.
Punto.

Y así es como la cifra de notas asciende
cuales facturas sin pagar.
Alcanzas la decena, el centenar y el millar.
Y claro, entonces nosotros nos preguntamos
que cómo mierdas vamos a borrar ya tanta cosa.
Que ya es tarde y no hay vuelta atrás.
Hasta que finalmente
cambiamos de móvil sin guardar los datos del bloc.
Y nos damos cuenta
de que enverdáh tampoco los echamos en falta.

Pero apuntamos esto, porque no vaya a ser…

“I like your voice!”

“Don’t be afraid of your voice! Your voice is nice. Go! I like your voice!”

Para mí siempre fue muy duro tocar junto a mis compañeros en audiciones, porque las comparaciones inevitablemente minaban mi autoestima. Siempre procuraba aislarme tanto como fuera posible, e incluso deseaba que el anterior hubiera metido la pata para que hiciera lo que hiciera yo después no quedara demasiado mal.

Todos los músicos de mi generación hemos crecido escuchando discos de música grabados en estudio, asistiendo a competiciones,… y a la mayoría se nos ha enseñado a imitar y a obedecer indicaciones. Como parte de un proceso de aprendizaje es natural; lo inquietante viene cuando pasan los años y no llega ningún tipo de madurez musical que nos haga romper con esta dinámica. Seguimos sometiéndonos a horas y horas de estudio con el único fin de calcar o imitar parámetros de interpretaciones ajenas. Encontrar un sonido propio parece que ha dejado de ser relevante es pos de un sonido aséptico, de hacer música que en nada tenga que ver con nosotros mismos. Es muy pesada la inercia que nos empuja a los músicos a crear falsificaciones, en vez trabajar la expresión de las emociones. No entendemos la música como un arte generoso, honesto y expresivo; si no como una exposición distante de elementos sonoros ajenos a nosotros.

Hace ya un tiempo desde que me propuse aceptarme tal y como soy, y aunque no siempre lo consiga me siento infinitamente más libre y más feliz. Busco reconocer mi propio sonido, mi propia manera de expresar las cosas, y me maravillo porque en nada se parece a tantas otras cosas que haya podido escuchar antes. No es mejor, ni peor. Es diferente. Y me encanta ser diferente. Cuando el autoconocimiento pasa a ser mi prioridad puedo disfrutar de las interpretaciones de mis compañeros, porque he entendido que los nuestros son caminos distintos y no hay necesidad de demostrar nada. Puedo salir a tocar en público realmente ilusionada por tratar de dejar en alguno de los oyentes una pequeña parte de mi manera de percibir el mundo. Puedo entusiasmarme todos los días durante el estudio, buscando y buscando matices con los que expresar aquellas ideas que pienso.

Recuerdo que la primera vez que vi esta escena (de un documental que como curiosidad está bien, pero que tampoco recomiendo mucho) me pareció del todo insustancial. Años después, en un momento de pánico escénico, la voz de Maria João Pires volvió a mi cerebro antes de subir al escenario:

“Don’t be afraid of your voice! I like your voice!”

Desde entonces, he dejado de tener miedo.

La música, ¿una cantidad?

Nadie lo duda: formar parte del tribunal de un concurso o un examen es extraordinariamente difícil, más aún cuando el nivel de los que se presentan es aparentemente paralelo. Formar parte de un tribunal debería poner en tela de juicio los principios de cada uno hacia la interpretación, para desde ellos poder evaluar y defender quiénes han sido desde su punto de vista los intérpretes más acertados. Sin embargo, hemos huido por la puerta de atrás y hemos contagiado el afán cuantitativo que lo domina todo al propio arte. De esta manera, los parámetros objetivamente evaluables pasan a ser los números que concretan una interpretación: ¿Cuántos puntos de metrónomo? ¿Cuántas notas falsas? Etc.

Christoph Waltz: “Últimamente estoy observando que cada vez más el mundo en el que vivimos está definido casi exclusivamente por las cantidades, porque es algo que todos podemos entender. No es necesario saber nada de música ni sobre de piano, si veo que el intérprete lo hace realmente rápido debe de ser fantástico. El virtuosismo es más fácil de cuantificar que la verdadera profundización en el texto.”

En este punto podréis estar pensando que estoy intentando excusar la mediocridad, o que estoy infravalorando a los buenos ejecutantes. ¡Nada más lejos de la realidad! Simplemente me gusta llamar a las cosas por su nombre, y evitar que las palabras pierdan su significado, y con ello, todo su contenido. Para así poder diferenciar cada cosa por lo que es, y no enmarcarlo todo perezosamente bajo el rótulo de buena interpretación o virtuosismo. Por ejemplo, en este vídeo Barenboim apunta con gran certeza que se suele confundir el virtuosismo con una exhibición de destreza, que en nada tiene que ver con el contenido de la obra, y por ende, con la interpretación.

Personalmente, no creo que el arte pueda ser una realidad cuantitativa. Y si por ello se me quiere llamar peor músico llevaré ese nombre en un cartelito pegado a la frente, ¡y me dará absolutamente igual!

 

Músicos con Alzheimer

Muy pesada estoy siendo estos años con este tema, y muchas personas dejarán de escucharme por cabezota, pero es un sinsentido tan terrible que no puedo callarme. Aquel músico que deja que otros piensen por él se está rebajando a ser simple y llanamente un ejecutante. Y para leer un manual de instrucciones pocos lo hacen mejor que una computadora. ¡Pensar sobre música no es de frikis! Absténgase de leerme personas irascibles.

Estamos cada vez más cómodamente acostumbrados a los sensacionalismos y a la inmediatez: compartimos eslóganes como axiomas indiscutibles, aplaudimos un par de palabras ingeniosas como resumen de un largo discurso, reducimos al absurdo colosales teorías, y así sigue un largo e inquietante etcétera que ya a muchos se nos ha dado por denunciar. Hoy vengo a decir que esta fiebre por la eficacia y lo instantáneo se ha contagiado también a la música, y a la formación que estamos recibiendo: los músicos de grado superior hemos perdido la memoria de escuchar.

Para poder explicarme con claridad –si es que a alguien le interesa lo que una mindundi como yo pueda decir, claro está- voy a exponer en primer lugar por qué considero que es indispensable en un músico la memoria musical y en segundo lugar la intrínseca relación que tiene esto con la crisis humanista que estamos viviendo. Y todo desde la humildad, la honestidad y la sincera preocupación que tanto me lleva a pecar de cabezota e insistente.

~La memoria musical~

La música es un arte que no puede emanciparse del tiempo en que transcurre, necesita de un momento y un espacio temporal para sonar; básicamente, nadie puede escuchar una canción en un segundo con tan sólo un vistazo. De esto puede deducirse que el discurso musical en su transcurso consta de un pasado, un presente y un futuro en constante desarrollo y evolución. Y en consecuencia, lo último que un intérprete debe dejar de hacer es escucharse a sí mismo y saber qué es lo que deja atrás, porque si no, habrá perdido la capacidad de mantener una coherencia en el discurso y de sorprender al público que lo escucha. No cuentes el mismo chiste en todas las cenas familiares, ¡porque salvo los niños, todos los comensales podrán querer matarte! Sin embargo, lo que para mí es peculiarmente dramático no es que un intérprete no sea capaz en algún momento concreto de reinventarse gracias a la imaginación, si no que incluso los propios músicos como oyentes hemos perdido la capacidad de escuchar en el tiempo, olvidando todo aquello que transcurre como si fuera contenido vacío. Así, luego nos toca estar preguntando durante toda la tercera temporada que de dónde salen tantos personajes…

Desde esta perspectiva, sólo es necesaria una escucha atenta y concentrada para detectar cuándo una interpretación no se está desarrollando bajo una escucha activa, si no que está programada desde la a a la z con antelación. Porque, si bien la primera vez algo puede parecer sorprendente, fresco e ingenioso, no son pocas las veces en que el intérprete reproduce exactamente el mismo juego de flexiones posteriormente, o cae en alguna contradicción musical. El intérprete no está viviendo el presente en el momento, si no que está siguiendo paso a paso las instrucciones que él (u otros terceros) a sí mismo se ha impuesto. Y repito, lo que a mí particularmente me inquieta de todo esto no es que a un intérprete le pase, si no que los propios músicos profesionales no sepamos detectar cuándo una interpretación es de alta gama o es un mero producto barato. Es como si fuéramos un público con Alzheimer. No es una música que viva su presente, si no una música que olvida su pasado y se angustia por el futuro. Un músico no puede no tener memoria.

~Crisis humanista, ¿dónde?~

¿En términos prácticos todo esto en qué se traduce? ¿Por qué me preocupa demasiado? Porque aquí es desde donde empezamos a premiar la eficacia antes que la creatividad, en una disciplina que se supone que es artística. A la salida de un concierto podrás encontrarte a personas comentando con emoción una escala, un gesto musical, un súbito pianissimo; con suerte una frase concreta,… Pero nadie estará allí para preocuparse por si había una coherencia general, si realmente había una intención mayor que la de proporcionar pequeños momentos de placer, si había quedado expuesta la relación entre los personajes de los diversos capítulos, o si simplemente habían sido una serie de secuelas una detrás de otra arbitrariamente colocadas. En estos casos, personalmente imagino que si los compositores hubieran querido reflejar cosas tan concretas habrían compuesto selecciones de pequeñas escenas, no obras de treinta minutos de duración. Aquello que dura y vive en el tiempo no puede olvidar su pasado, pues estará condenado a no evolucionar y a estancar el mensaje y el discurso. Un músico no puede no tener memoria.

La imagen en la música existe. Para vender algo hay que hacer una buena campaña y dar buena imagen. Esto se consigue mediante la brillantez técnica. En nuestra formación se nos enseña a repetir patrones, pues eso es lo único que se escucha a tiempo real: un patrón es un modelo que se repite insaciablemente, pero como absolutamente nadie recuerda qué fue lo que paso anteriormente el patrón que se repite pasa a ser siempre algo novedoso. Somos músicos con alzheimer.

Y en unos años, cuando mediante la tecnología se puedan programar toda esa clase de gestos y flexiones supuestamente improvisadas y frescas nuestra carrera de interpretación habrá perdido todo el sentido. Más aún si estas computadoras adquieren también la habilidad de improvisar en base a x patrones. Lo único que nos podrá diferenciar de ellas en ese hipotético futuro será nuestra espontaneidad, creatividad e imaginación a la hora de reaccionar a la escucha activa de lo que ya ha sucedido, sucede en tiempo real y está por suceder; todo ello posibilitado por una destreza técnica al servicio de la interpretación improvisada.